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11:58h. martes, 20 de octubre de 2020

Antonio Grunfeld: “No me siento artista, sino cooperante y activista”

Antonio Grunfeld, director del documental Manoliño Nguema, encontró en las producciones audiovisuales de temática social una herramienta para cambiar conciencias. Colabora con asociaciones y organizaciones no gubernamentales en Guinea Ecuatorial y en España con el objetivo de sensibilizar. “No me siento artista, sino cooperante y activista”, declara. 

El director de ‘Manoliño Nguema’ presentó su proyecto en MiradasDoc en 2017 y vuelve esta edición para participar con su obra en la sección nacional del festival
El director de ‘Manoliño Nguema’ presentó su proyecto en MiradasDoc en 2017 y vuelve esta edición para participar con su obra en la sección nacional del festival

En 2017 participó en el I Foro de Coproducción África - América Latina “Afrolatam” de MiradasDoc con la idea de producir un documental sobre la vida del artista africano sexagenario Marcelo Ndong, y tres años después, vuelve a pisar la sede del festival para mostrar su proyecto hecho realidad bajo el nombre de ‘Manoliño Nguema’.

Su fascinación por el documental social comenzó cuando, aún siendo estudiante de Comunicación Audiovisual en Madrid, acudió a un taller del director cubano Octavio Cortázar que define como “una gran revelación que marcó su camino desde entonces”.

La historia de Manoliño Nguema

La relación entre Grunfeld y Ndong comenzó de la manera más casual cuando ambos comenzaron a trabajar en los cortometrajes de una asociación en Guinea Ecuatorial, uno como director de Fotografía y otro como protagonista. “Me subieron a una furgoneta antigua, destartalada, llena de trastos y de gente”, afirma Grunfeld, mientras se dirigían a recoger a Ndong. Durante el trayecto, el director comenzó a hablar de su país (España) y de su vinculación con Galicia, a lo que alguien de la furgoneta respondió que era gallego. Era Ndong.

La Ciudad de los Muchachos, en Orense, fue el lugar que acogió a Ndong cuando aún era un niño y “prácticamente suponía el 50% de los negros de Galicia”. Esta ciudad estaba autogestionada por un grupo de personas, tenía una moneda propia y formaba a sus habitantes en habilidades artísticas como el circo. 

En los años 60, Marcelo llegó a recorrer el mundo en dos ocasiones como artista circense. “Me marcó mucho que decidiera volver a Guinea y devolver a su país todo lo que había aprendido”. En su pueblo, Malabo, Marcelo es el abuelo del teatro, o como lo define Antonio, “una institución, una escuela, un motor de desarrollo cultural”.