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Inteligencia Espiritual en la Empresa y los Negocios

María Teresa Domínguez Rodríguez (*) ASSOPRESS | 24 de junio de 2020

María Teresa Domínguez Rodríguez
María Teresa Domínguez Rodríguez

Mucho se ha hablado y se habla de las bondades de la inteligencia emocional, ya se aplique en la faceta más personal del individuo como en el ámbito laboral. La adecuada gestión de las emociones, propias y ajenas, es utilizada por numerosos profesionales de todos los sectores para mejorar sus habilidades de comunicación, entrenar su liderazgo y resolver conflictos de manera rápida y eficaz. 

Sin embargo, existe otro tipo de inteligencia que, además de integrar la gestión emocional, da un paso adelante y permite al individuo regresar a su esencia más íntima: la inteligencia espiritual. Al conocernos, aceptarnos y amarnos, tomamos consciencia de nuestra verdadera naturaleza y maximizamos nuestro potencial hasta límites insospechados. Y, qué duda cabe, esto resulta tremendamente atractivo para las organizaciones.

Los negocios ya no son zona reservada a ejecutivos fríos y calculadores. Muy al contrario, la humanización de las relaciones empresariales es una realidad. La toma de decisiones no se basa exclusivamente en el análisis de datos y variables, los acuerdos no se logran a costa de destrozar a las otras partes interesadas, y la preocupación por el bienestar del empleado integra las políticas internas de la entidad. Además, entre los directivos son cada vez más frecuentes las crisis existenciales. ¿De verdad la felicidad se encuentra en ganar cantidades ingentes de dinero, a costa de robar tiempo de ocio, descanso y disfrute? ¿Qué aporta el ritmo de vida acelerado más allá de constantes sofocones y un elevado riesgo de infarto?

La inteligencia emocional estudia la relación entre razón y emoción y, por supuesto, representó una maravillosa revolución en el área profesional. No obstante, ha llegado un momento en que sus premisas y postulados resultan insuficientes para satisfacer el ansia de respuestas del hombre. Aquí es donde entra en juego la inteligencia espiritual, para cuyo desarrollo es necesario materializar una mirada al interior y una apertura al exterior. Mantener unas relaciones gratificantes con quienes nos rodean exige un previo autoconocimiento profundo y la comprensión de que, si bien somos enormes en nuestra unidad (porque dentro de todo ser humano existe grandeza), también formamos parte de una consciencia colectiva y universal.

El hombre es una fascinante mescolanza de varias dimensiones: física, racional, emocional e, indiscutiblemente, espiritual. Es una dimensión innata aunque latente, ya que no todos experimentan el despertar de la esencia. Es integradora porque acoge y abraza al resto de dimensiones, y es evolutiva porque significa el paso trascendental hacia el entendimiento.

Extrapolando esta sabiduría (que no mero conocimiento) a la empresa, el profesional construye una marca personal potente y muy definida. Dejándose impulsar por valores y creencias sustentadas en el amor a sí mismo y al prójimo, el ejecutivo es capaz de equilibrar su ambición individual y el beneficio común. La inteligencia espiritual aplicada a la empresa y los negocios supone partir de un ser pleno de dignidad, para hacer lo que la vocación señala y tener la recompensa que el esfuerzo merece.

Desarrollar la inteligencia espiritual no significa practicar religión alguna. Las religiones se rigen por dogmas, mientras que la espiritualidad es compañera de la libertad. Se puede ser muy espiritual y no profesar ninguna fe en concreto, porque para amar solo es necesario creer en el amor.

En el ámbito de la empresa, es momento de abandonar la competitividad a ultranza, la codicia y el juego sucio. La inteligencia espiritual ha irrumpido con fuerza en el seno de las organizaciones, y ojalá permanezca en él mucho tiempo.

(*) Experta en Comunicación, Protocolo y Coaching.

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