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18:16h. domingo, 27 de septiembre de 2020

El tiempo es inexorable, ahora estamos soportando el resultado del abandono a nuestra isla durante las últimas tres décadas.  Se ha mirado para todos sitios, especialmente para la isla de enfrente, relegando a Tenerife, que padece una carencia crónica de infraestructuras en todos los ámbitos, estando al albur de incidentes, accidentes o complicaciones varias.

A esto hay que añadir el impacto negativo de los noistas, esos que han intentado o intentan, insistentemente, parar cualquier obra de equipamiento a ejecutar, bajo el pretexto de la defensa del territorio, pero lo cierto, es que entorpecen cualquier iniciativa beneficiosa para la isla, siendo los mejores aliados de los que quieren hundir a Tenerife. Aunque parezca exagerada esta apreciación, la verdad es que existen los desleales, cual quinta columna, están incrustados en la política, en el mundo empresarial, así como en los demás ámbitos sociales de nuestra isla. Por un lado, alardean de su tinerfeñismo y por otro, lo dinamitan desde dentro, buscando sólo y egoístamente ganancias personales, a costa de sacrificar al conjunto insular.  

No se puede olvidar que cualquier territorio, para gozar de un alto nivel de desarrollo, tiene que disponer necesariamente de una eficiente dotación en infraestructuras, para tener un desenvolvimiento normalizado de la actividad económica y es constatable que Tenerife, carece de las esenciales, además son insuficientes, tanto en calidad como en cantidad, porque las que tenemos están en precario. La isla ha padecido una falta total de previsión, unida a una más que dudosa eficacia en la toma de decisiones, que siempre han terminado por primar el comienzo y terminación de las obras de infraestructuras en otra isla. Tenerife merece respeto, pero primero hay que hacerse respetar y eso siempre ha fallado por parte de los distintos responsables públicos insulares o autonómicos, que han estado más pendiente de cosechar unos cuantos votos allí donde si han invertido, tiempo, financiación y ganas, que en trabajar donde tenían la obligación de hacerlo. No hay que escandalizarse, ni tener miedo a decirlo, pero es indudable que Gran Canaria ha sido el objeto del deseo de algunos políticos tinerfeños que, renegando de sus obligaciones contraídas aquí, en los distintos procesos electorales, se dejaban la piel en la isla vecina, buscando lo que ellos llamaban la unidad de Canarias, cuando verdaderamente lo que perseguían es primar a una isla sobre otra, para garantizarse la poltrona. De aquellos polvos, dicho con respeto y en la máxima extensión de su significado, tenemos los actuales lodos que paralizan, inmovilizan, colapsan y apagan Tenerife.

Cuando en nuestra tierra se habla de regionalismo hay que ponerse a temblar, porque significa dejar fuera de juego a una parte, por lo menos, eso es la experiencia histórica. No es la primera vez que cuando se ha levantado la voz en Tenerife, por cierto, pocas y timoratas, enseguida, aparecen los eruditos de la concordia, diciendo que esos mensajes insularistas son dañinos. Pero cuando hay reivindicaciones desde la otra isla, todo son parabienes y se tiñen de solidaridad. Así es como ha triunfado el desequilibrio en Canarias. 

Las deficiencias que soportamos, en cuanto a la endeblez de nuestros equipamientos estructurales, que provocan incertidumbre e inseguridad económica, exige hechos enérgicos por parte de los responsables públicos insulares, que antepongan los intereses generales de los ciudadanos de esta isla, a sus apetencias o expectativas personales, siempre dispuestas a la felonía, con tal de mantener las prebendas de las que se vive.  Ya no valen más disquisiciones vendedoras de humo, exigimos contundencia, acompañada de operatividad, para poner en marcha aquellas obras de infraestructuras que nos aseguren un futuro seguro.

 

Oscar Izquierdo

Presidente de FEPECO