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09:39h. domingo, 07 de marzo de 2021

El Gobierno Central y el Gobierno Canario, nos están mareando con cifras astronómicas, tanto en los presupuestos, como en las ayudas que van a venir desde Madrid o de Bruselas. Lo quieren pintar como un nuevo Plan Marshall, que recordemos fue una iniciativa de Estados Unidos para ayudar a Europa Occidental, en la que los estadounidenses dieron asistencia económica por valor de unos 12.000 millones de dólares de la época,​ para la reconstrucción de aquellos países  devastados tras la Segunda Guerra Mundial. Aquello fue una realidad, además de servir y significar la reconstrucción económica y social del continente. Otra cosa es lo que quieren hacer aquí y no tienen capacidad de emprender.

 

Sin pesimismo y con demasiado realismo, conociendo cómo funciona la administración pública canaria o mejor dicho, padeciendo su falta de efectividad, mucho nos tememos que todo se quedará en aguas de borrajas, es decir, no llegaremos a ningún lado y casi todo se quedará en planes, propuestas, estudios, proyectos y demás invenciones para que no se haga nada. Siempre lo mismo, muchos anuncios, ruedas de prensa, optimismo artificial, para que después, al final de año, veamos que lo que ha llegado no se ha gastado, porque no ha existido gestión suficiente y eficiente.

Es el cuento de la lechera, cuya moraleja significa que a veces la ambición, en este caso política, hace olvidar que lo importante es vivir y disfrutar el presente. Y lo que experimentamos, triste y desgraciadamente, los empresarios y los ciudadanos, es una total dejación de funciones de lo público, de esa burocracia insostenible, con marchamo de no servir a las necesidades de una sociedad en crisis pandémica, sanitaria, económica y social, porque es una maquinaria inflada, lenta, obsoleta, vieja, desordenada, que dificulta cualquier iniciativa productiva o inversora.

Como señalaba, acertadamente Peter Ferdinand Drucker, consultor, profesor de negocios, tratadista austriaco, abogado y considerado el mayor filósofo de la administración del pasado siglo: “la mejor estructura no garantizará los resultados ni el rendimiento. Pero la estructura equivocada es una garantía de fracaso”. Falleció en el año 2005, pero su reflexión tiene una actualidad imponente, es como si la estuviera viviendo hoy en Canarias. El éxito de la iniciativa privada se basa en la productividad, que viene a ser la capacidad o grado de producción por unidad o también, la relación entre lo producido y los medios empleados, tanto humanos como materiales.

Si los resultados son provechosos, a seguir adelante, incluso intentando mejorar. Si, por el contrario, hay síntomas de agotamiento, imperfecciones o rendimiento negativo, inmediatamente se ponen los remedios oportunos, porque hay que buscar la excelencia diariamente, a todas horas, sin que nos sobre un segundo. 

Lo contrario es el conformismo, el mantenimiento de la tradición o de los derechos adquiridos, es decir, de lo que siempre se ha hecho así y aunque no funcione se continúa porque la comodidad no permite cambio alguno. Los trienios, sexenios y otras prebendas han de respetarse y no cambiarse por nada del mundo, aunque la cosa no camine con la velocidad oportuna, que exige cada situación, que siempre es cambiante.  El filósofo griego Heráclito afirmó que: “ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos".

Por lo tanto, hay que estar dispuestos al cambio, para acomodarse a las circunstancias sobrevenidas. La burocracia que aguantamos es tremendamente estática, incapaz de acomodarse a los nuevos retos, provocando con este comportamiento inactivo, una paralización de la actividad económica, porque su velocidad de crucero es demasiado lenta, fuera de toda lógica, alejada del mundo de la inmediatez y de cualquier racionalidad. Tiene que cambiar de forma urgente, lo contrario, sería llevar a la ruina y al hambre al pueblo canario.