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15:43h. martes, 27 de octubre de 2020

Los representantes del pensamiento único, esos a los que se les llena la boca de progresía, nombrando continuamente la palabra democracia y después contradiciéndose con los hechos, al ser meros trasmisores de la imposición permanente, acompañada de la intolerancia máxima y que ahora se les denomina neoinquisición, suelen encajar mal las críticas a su gestión, porque no comprenden que haya personas que no alaben sus pensamientos, ideología o quehacer público cotidiano y se rebelen al seguidismo vergonzante de sus fieles escuderos, por cierto, bien colocaditos como eminentes sueldólogos, allí donde agarran alguna gestión pública.

Están tan imbuidos de un endiosamiento superlativo, que miran a los demás por encima del hombro, estableciéndose en unas peanas de moralidad que, si no fuera que, por lo general no son creyentes, se les podría confundir con santos de altares. Restan más que suman, no aportan sino destruyen, instauran el frentismo y la confrontación como modelo de convivencia, convirtiendo la realidad en un verdadero lodazal, que es donde suelen encontrase cómodos. 

Les gusta el poder, sueñan con alcanzarlo y cuando lo consiguen, se convierten en jueces y a la vez fiscales, hasta del respirar de los demás. Disfrutan con la   judicialización de lo que se mueve libremente, horrorizándoles el libre pensamiento.  Controlan todo y pretenden controlar a todos, porque nada puede estar al albedrío de los acontecimientos, ya que desconfían hasta de su propia sombra, a la que, por cierto, muchas veces traicionan. Se creen listillos, cavilando en la autosuficiencia, otra cosa es que tengan capacidad para ejercerla. Como decía el poeta Arturo Graf “el saber y la razón hablan, la ignorancia y el error gritan”.

Son los que, por medio de decreto personalista, establecen lo que es interés general que, por cierto, suele coincidir, sospechosamente, con sus ideas políticas o ideología caduca y retrógrada, además desfasada y tristemente fracasada en la historia.  Son guardianes celosos de sus ideas, que no admiten replica alguna, porque piensan que están en la verdad cierta. No puede haber contradicción a lo que ellos plantean, porque eso sería impensable e inoportuno. Sólo ellos, los demás nada. 

Estos personajes, que pululan también nuestra isla, son pocos, aunque les gusta hacer mucho ruido, precisamente demostración de su pequeñez, intentan dirigir la sociedad según sus estrechos criterios de valoración y allí donde tocan poder, sencillamente lo pudren, por su ineficacia, falta de gestión y prepotencia. Eso sí, venderse, se saben vender muy bien, apareciendo como los más honestos, limpios o guapos del contorno. Son tan perfectos que parecen de porcelana. Llenos de contradicciones, no se avergüenzan de mostrarlas públicamente, ya que están saturados de tan perfeccionismo, que no se cansan de verse en el espejo. Suelen ser lo que se ha denominado, con cierta sorna, políticos sandía, es decir, rojos por dentro y verde por fuera. Escudándose en un fundamentalismo ecologista y profundamente populista, disfrazan sus verdaderas intenciones, que son acaparar el poder, no para servir, sino para servirse, que no es lo mismo, sino precisamente lo contrario. 

Tenerife necesita infraestructuras, especialmente viarias, básicas y estructurales, que permitan fomentar la actividad económica, crear empleo y potenciar el sistema productivo insular. El trabajo hay que impulsarlo y quien es locomotora, ejerciendo su papel tractor sobre todos los demás sectores económicos es la construcción. A estos neoinquisidores, ya sabemos que les da grima o alergia, pues que se vacunen, porque la única manera de salir adelante en la situación de crisis que vivimos no es con soflamas ideológicas y protagonismos personales, sino con esfuerzo. Ahí está el dicho que dice “cuando te quitas el sombrero, se te ve la calva”.

Oscar Izquierdo

Presidente de FEPECO