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09:02h. sábado, 23 de octubre de 2021

Mujeres y niñas en Afganistán

Por allá por los años noventa del pasado siglo, el escritor José Saramago dio una conferencia en la Casa-Museo César Manrique al Colectivo Andersen que aquel año realizaba un taller en Lanzarote. El escritor inició su discurso y no nos contó un cuento. No, nos habló de los talibanes, de la guerra televisada, de una ocupación que pudimos ver desde el sillón de nuestras casas. De una Afganistan convertida en un infierno en el que podía prosperar todo tipo de extremismos.

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Fotografía de Madre, hija y muñeca, involución en Afganistán

El escritor emanaba una enorme tristeza al observar aquellas personas de gran pobreza y las consecuencias que aquel hecho tendría para tantos niños y niñas inocentes, para las mujeres que se convierten en víctimas en todas las guerras. Fue un discurso en defensa de la infancia. Un discurso duro, muy duro aunque trató de suavizarlo con un mensaje histórico -filosófico.

Al llegar los talibanes en la década de 1990, obligaron a las mujeres a usar el burka que les cubría por completo su cuerpo, a salir acompañadas por un pariente de sexo masculino (muharam). No se les permitió trabajar fuera del hogar, impusieron su versión de las leyes islámicas, incluida la lapidación y la flagelación. 

Restringieron la educación para las niñas mayores de diez años y se impusieron castigos terribles, incluso ejecuciones públicas. Como consecuencia de ello, según un informe de Oxfam publicado en 2011 sólo el 5% de las mujeres sabían leer y escribir y el año 2.000 el 54% de las niñas menores de 18 años estaban casadas.

Pero al entrar en el 2001 las tropas de EE.UU seguidas de un régimen internacional provoca la caída del régimen talibán y EE.UU promete apoyar la democracia. Entonces las mujeres volvieron a ocupar lugares en la vida pública, constituyendo una cuarta parte del Parlamento. El número de niñas en la educación primaria aumentó al 50%, aunque al final de la secundaria la cifra rondaba el 20%. La esperanza de vida de las mujeres aumentó de 57 a 66. No olvidemos que en el 2002 la mortalidad materna era de de 1.600 fallecidas por cada 100.000 nacimientos vivos según Unicef. En el 2020 ese terrible saldo era de 683 muertes, calcula la ONU.

Afganistán sigue siendo un país que nadie desde el siglo XIX, ha podido vencer del todo, y si no que se lo pregunten a los británicos. Es un Estado tribal con sus tradiciones y una política que depende de líneas desconocidas para la mirada occidental. Desgraciadamente, hoy la historia se ha vuelto a repetir y es tal la fragilidad que escuchamos a una madre decir:

-Prefiero que mis hijas mueran antes que caer en manos de los talibán.

Aunque las informaciones que recibimos parecen contradictorias, de hecho Boushra Almutawakel creadora del collage fotográfico: Madre, hija y muñeca creada en 2010. Una serie de imágenes muestran la transformación de una madre musulmana, su hija y una muñeca hasta la invisibilidad total. Boushra ha vivido en Yemen y en el extranjero, usa habitualmente el velo y afirma:

- Yo no estoy hablando por las mujeres afganas. Muchas de las mujeres que se cubren son médicas, políticas, abogadas o artistas. Y son fuertes. No porque se cubran su cara o su cuerpo se les cubre el intelecto. -Yo no estoy en contra del hiyab, pero la parte misógina, la extremista, eso de cubrir completamente a las mujeres, esconderlas. Usarlas como propiedad, no es parte del islam. Mi trabajo no es sobre el islam, es sobre el extremismo. Se trata de la misoginia pratriarcal, que no solo se encuentra en el mundo musulmán y árabe, está en todas partes.

Además Boushra Almutawatekel tiene sentimientos encontrados y afirma que el velo, el burka… puede representar la locura del mundo que va de la luz a la oscuridad por culpa de las guerras, el sectarismo político, los extremismos y la intolerancia.

Todo parece contradictorio pero la situación más vulnerable de Afganistán son los colectivos de las mujeres y la infancia, aunque el nuevo gobierno declara que va a respetar los derechos de las afganas y permitir que trabajen en las administraciones públicas. Y aunque el mundo está atento a que no se produzca una regresión en sus derechos y prometen que seguirán de cerca los acontecimientos en la región, que escucharán sus voces y que las apoyaran.

Lo cierto es que una gran parte de las mujeres en Afganistán temen que los talibanes ejerzan la violencia contra ellas, temen que se les niegue el acceso al estudio, al trabajo, a reír a carcajadas, a que les nieguen hablar en voz alta en público, a cantar, a practicar deporte, a que las asistan en los centros sanitarios un hombre. Temen que vuelvan a negarles los derechos de las mujeres que son en definitiva los Derechos Humanos.

Fotografía encontradas en redes sociales

Blog-rosariovalcarcel.blogspot.com