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19:46h. viernes, 17 de septiembre de 2021

Evidentemente

Estamos inmersos en la sociedad de la mentira, donde casi todo es contrario a lo que se sabe, se piensa o se siente. La posverdad ha triunfado de la mano del relativismo y de la ideología de género, que pone en valor la distorsión deliberada de la realidad, manipulando adrede, creencias y emociones, con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales, para ganar adeptos o incluso, podríamos denominar súbditos. Es el triunfo de los demagogos, esos personajes siniestros, pero abundantes, que representan la degeneración de la democracia ,consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder, disfrazando lo que hay, por lo que se quiere que haya, con intereses inconfesables, que siempre tienen como base beneficios personales o ideológicos. 

Tenemos tanta información contradictoria, que es imposible conocer lo que realmente sucede, porque todo está envuelto en la duda o desconfianza permanente. Durante toda la pandemia lo hemos experimentado, ya no digamos con las vacunas, donde se ha llegado al máximo de alteración de una información veraz o confiable. 

Estando, así las cosas, es comprensible que hasta se llegue a dudar de lo que se ve con los propios ojos. La crisis sanitaria, arrastra tras de sí una tremenda recesión económica, que a su vez contribuye a incrementar gravemente las dificultades sociales de los ciudadanos. Un ejemplo palpable y que no puede ser desmentido, son las colas en los servicios sociales de los distintos ayuntamientos, agobiados, saturados y sobrepasados, tanto en personal, como en material, para ayudar conveniente y suficientemente la demanda solicitada. Se puede desmentir, pero el hambre no se puede esconder, porque se está sufriendo en nuestras islas y es la mayor de las injusticias.  Contrarrestar esta tesitura, no es fácil, pero si posible, a base de crear las condiciones oportunas, para incentivar la actividad económica, que provoque irremediablemente el empleo que se busca angustiosa y desesperadamente. Trabajar es la solución, todo lo demás son puros fuegos artificiales, que se quedan mojados nada más tirarlos. 

La capacidad de sorpresa no acaba nunca, porque cuando se tendría que poner todos los esfuerzos en la dirección indicada, que significa quehacer, labor, tarea, faena, tajo o brega, para reactivar el sistema productivo,  lo que se ve y se hace es todo lo contrario, perder el tiempo en asuntos que no les importan a la mayoría de los ciudadanos,  como todo el embrollo que hay sobre el nombramiento del nuevo órgano de la RTVC, donde mientras sus señorías en el Parlamento discuten sobre el particular,  por fuera, vemos en la calle, a personas pidiendo para comer ese día. Tampoco se entiende que ahora se plantee como el mayor problema de Canarias su conectividad con el exterior, cuando en tiempos normales, ha sido de los destinos que reciben más visitantes del mundo, con millones de turistas al año y con conexiones a muchas ciudades peninsulares. Otra cuestión, es la solución a la problemática de los precios y la falta de operatividad en el descuento a los residentes, que algún día, alguien tendrá la osadía de arreglar. En cambio, lo que si padecemos, es una grave falta de conectividad marítima, que provoca el desabastecimiento de ciertos productos en momentos puntuales, dejando a Canarias aislada en el Atlántico medio.  Además, continuamos denunciando el desequilibrio interinsular, que perjudica ostensiblemente a Tenerife, siendo cuantitativamente medible, pero molestando a los puristas, que señalan que eso es insularismo. Pero como decía el pintor francés Georges Braque, “la verdad existe, Sólo se inventa la mentira”.