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martes, 23 de abril de 2024 00:00h.

Después de la lluvia

Anoche me despertó el sonido del agua. Llovía. Parece mentira que todavía quede algo con el poder de apagar este ruido infernal. En un artículo reciente publicado en La Vanguardia, Enric Juliana explica que la información, más que nunca, es una suerte de estímulo neurológico, el continuo disparar de impactos que modelan la película de terror en la que creemos estar inmersos sin dejar un resquicio para la duda.

Como si la vida no fuese lo suficientemente complicada, nos hemos propuesto caer en el abismo de continuas amenazas existenciales. Somos receptores y productores de un miedo inaplazable, el nuevo Mesías con el que nos apresuramos a firmar un contrato tan castrante como el de un matrimonio para siempre.

Titular tras titular, nos adentramos en un pozo sin fondo, el túnel de no retorno que aumenta la sensación de soledad, el consumo frenético de drogas que compramos en las farmacias y un intolerable atiborramiento de apocalipsis telúricas. Escucho la lluvia besar el suelo del patio y me pregunto que fue de la imaginación, quien se llevó la alegría que proporcionaba el no saber tanto de todo lo que ocurre, cuando lo que pasa es que no tenemos ni repajolera idea de lo manipulados que estamos.

Porque hasta donde yo sé, nos hemos matado y amado desde que el mundo es mundo, no hace falta que nos lo recuerden por si acaso. Y tampoco hay necesidad de proyectar un futuro devastador que no admite el rincón de pensar, ni por un momento. Si la humanidad ha podido adaptarse a los cambios, no hay razón para creer que no sabrá volver a hacerlo, por muy caro que nos parezca el precio a pagar.

Miles de millones de gotas se pierden en la incesante lluvia y me hacen sospechar que habrá un después del que nadie habla.