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lunes, 22 de abril de 2024 23:24h.

Estamos en guerra

Hace dos años, cuando Putin invadió Ucrania, comenté en un chat de amigos que estábamos en guerra. La escasa respuesta que obtuve osciló entre la incredulidad y el desinterés. Parecía que eso no iba con nosotros, algunos no sabíamos muy bien donde estaba Ucrania ni las graves consecuencias de un conflicto armado a las puertas de Europa. El ejército ucraniano aguantó la embestida y luego ha contado con ayuda exterior, pero el agotamiento hace mella en su ejército y la provisión de armamento y munición empieza a escasear.

En EE. UU., la actual disputa política interna y la vuelta de Trump a la presidencia desembocarían en una Europa abandonada a su suerte ante un potencial choque directo con Putin. En este momento, muchas voces autorizadas claman por el rearme para defendernos de alguien que no se contentará con vencer en Ucrania.

Europa se enfrenta a una cuestión existencial, y ya no vale ponerse de perfil ni apelar a negociaciones o improbables acuerdos de paz. Nadie está al volante europeo porque no hay una sola Europa sino varias, países diferentes entre sí con intereses distintos y sensibilidades incluso opuestas, volantes contrarios. Somos democracias gobernadas por políticos que no han conocido la guerra y que están sujetos a elecciones y a mayorías débiles condicionadas por coaliciones con otros partidos. El Parlamento Europeo es representativo, pero no es ejecutivo y necesitamos una dirección política muy clara que muestre contundencia ante un enemigo real que no tiene que someterse al dictamen de las urnas.

Es necesario comprender que hay un agresor que cuenta con respaldo y no disimula sus intenciones en la hoja de ruta que se ha marcado. No sé qué más hace falta para darnos cuenta de que la guerra es una posibilidad cercana por mucho que nos tapemos los ojos, la nariz y los oídos.