Luis Pérez: "Cogí un cuchillo, entré en la celda y liquidé a cuatro"

Hoy cuando entrevistamos a Luis Pérez, él aguantaba para no llorar, porque no está orgulloso de haber acabado con la vida de unos cuantos malvados, porque jamás liquidaba a buenas personas, para él trabajaban muchos sicarios a los cuales ordenó liquidar a más de cincuenta personas.

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Luis Pérez cuando era más joven

"El sicólogo de la cárcel de San Juan de los Morros, en Venezuela, llegó a decirme, Eres de la única persona de la que me fío y tú eres una excelente persona, amigo, uno más que ayuda a salvar la humanidad cargándote a esas serpientes".

 

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Cárcel de San Juan de los Morros en Venezuela

"San Juan de los Morros era o es todavía una cárcel, un pequeño pueblo formado poco a poco con las familias de los reclusos y llegué a tener nueve negocios en este lugar. Dos cantinas, ferretería y más, pero aquí estuve diez años de mi vida, donde tenía un apodo, "El gringo".

"Cuando entras los policías te dan muchas palizas, tres palizas durísimas en un solo día, pero jamás me quejé, aguantaba sin rechistar porque a los que gritaban los tomaban por una mierda y aquí tienes que ser muy duro, no puede achicarse ante nadie porque te faltarán el respeto y confieso que siempre tienes miedo a pesar de haber cometido locuras que son inexplicables".

 

Luis Pérez atracador de bancos
Luis Pérez, en la actualidad

"Recuerdo cuando tres reclusos mataron a un joven de veintiún años para quitarle una pequeña cadena que tenía en el cuello y estos tres cabrones roban para comprar sus drogas, especialmente -mandrax-, una famosa droga que les dejaba idiotas perdidos. El joven asesinado tenía una mujer y un niño pequeño y mi interior sintió un fuego muy fuerte, ganas de venganza, tenía que acabar con esos tres cabrones y hablé con uno de mis fieles ayudantes para que les llevase unas mandrax cuando estuvieran jugando a los dados. Jugar a los dados estaba prohibido y jugaban escondidos en una de las celdas mientras uno vigilaba por si venían los policías. Cuando vino avisarme de que ya estaban idiotas perdidos con el mandrax, cogí un cuchillo, entré en la celda y liquidé a cuatro. En ese momento había cinco jugando, pero uno logró escapar cuando entré ciego de rabia dando puñaladas hasta las moscas y volví a mi celda donde vivía solo, porque tenía ese privilegio que había ganado por mi forma de ser".

"También recuerdo cuando ejecuté a otro que era muy malo, pero los policías de la cárcel me vieron y tuve que darles cuarenta mil bolívares para tapar el asunto, porque así son las cosas en estos lugares donde aprendes a matar o te maten a ti y punto pelota. No estoy orgulloso de mi vida, todo lo contrario, pero no puedo arrepentirme y llevo guardando este secreto durante cuarenta años".

"Actualmente, están matando a miles y miles de inocentes en las guerras de Rusia y Ucrania o en Israel y Palestina, pero yo ¡Jamás!, ¡Jamás liquidé a un inocente! Siempre liquidé a los abusadores, a quienes mataban a pobres personas, al igual que ordenaba a hacerlo, a quienes trabajaban bajo mis órdenes, y tal vez las palabras del sicólogo calman mi dolor cuando me decía, "Eres la única persona de la que me fío y tú estás salvando a la humanidad liquidando a esos malvados". Jamás hice ni haré daño a las buenas personas. Estoy confesando mi vida a través del libro que saldrá a la luz, a no ser que reviente el planeta que va camino de un gran desastre internacional, porque estamos viviendo momentos que son mucho más duros y tristes que los míos. Están cayendo bombas encima de muchísimas personas buenas y así es la vida, la triste vida. No estoy orgulloso y tampoco puedo arrepentirme porque esta ha sido y es mi vida".