El enemigo en casa

A la izquierda no le queda otra que repensarse. El panorama global apunta a un cambio de ciclo político que se traducirá en la proclamación de gobiernos escorados a la derecha con la probable presidencia de Donald Trump a la cabeza. Las clases medias no encuentran soluciones en el relato de una izquierda casposa con aires de superioridad, cada vez más elitista y menos obrera, y percibida como parte del problema. El discurso moralista ha convertido la ideología de izquierdas en una religión inquisidora y antipática, tanto en su relación con las proclamas del feminismo radical como en lo que se refiere a la metamorfosis que experimentan sus líderes cuando llegan al poder.

Esa transformación se produce especialmente en el interior de los partidos, cuyos cuadros dirigentes dejan de ser participativos y abiertos a la discrepancia, en cuanto los barones pisan las moquetas del aquí mando yo y nombraré a los cargos que me son afines. El término libertad se ha emancipado del imaginario de la izquierda rebelde que encontró un nuevo sentido en las plazas del 15M, pues el PSOE y el PP eran los dueños cómplices del cielo que había que tomar por asalto, ya que simbolizaban la vieja política.

En un círculo frenético, la nueva política se hizo mayor de edad y alcanzó la vejez en tiempo récord, así que Ciudadanos y Podemos nacen, crecen y decaen, fruto de la ambición desmedida y de sus propias contradicciones. Ahora le toca a Sumar, cuya dolorosa derrota se refleja en las caras desencajadas de mujeres que tenían al enemigo dentro. Iñigo Errejón le acaba de asestar la estocada a una organización política con un complejísimo recorrido dada su aspiración de ordenar un totum revolutum de movimientos y siglas en un espacio de pluralidad lleno de rencillas.

Porque, a ver si lo entendemos de una vez, mis queridos y queridas camaradas, antes de dar lecciones a los demás, hay que asumir que no somos la encarnación de la virtud y que la casa de la izquierda es como cualquier casa.