El sueño

Es el mismo sueño. Voy conduciendo por la autopista y se me aparece nítidamente en el espejo retrovisor, esa línea negra pegada al asfalto. Debe ser K, intuyo su ágil maniobra de adelantamiento, la aceleración suave y fantasmal de un estilizado biplaza de alta cilindrada, dirigiéndose raudo hacia la frontera psicológica del túnel de Güimar.

Levanto el pie del acelerador, como quien reacciona con temor frente al rey de la selva, en la rutina devora kilómetros, y creo que admiro esa costumbre de cruzar límites, barreras inexistentes para los de su especie, eléctrico zigzaguear de relámpago, desviándose por atajos vetados al común de los mortales, nosotros, funcionarios atrapados en el gran atasco burocrático que inmoviliza la imaginación.

Normas escritas, necedades, estorbos pensados para ser cumplidos por mediocres, incordios y obstáculos que K sabe sortear como nadie. El más duro, el más rápido, el más valiente y poderoso, y en mi aburrido sueño de clase media lo contemplo extasiado, llegando a sus dominios, rugido de motor caliente, consabido mantra que ordena el silencio impuesto a esbirros y colaboradores, ante miradas de asombro narcotizado y un desconcertante alivio cuando llega el jefe, que ya viene, que ya está viniendo, con retraso abultado por reuniones y llamadas.

K desciende del bólido, imparte instrucciones directas, sonrisa franca, ojos helados, se introduce en un despacho para recibir a las visitas que llevan dos horas esperando, resignados y alegres de que K los atienda personalmente. A ellos y a sus asuntos. Tranquilo, yo te ayudo, sonido de llamada entrante, yo me encargo, suena otra vez, yo dispongo, son amigos, yo ordeno, yo. Conmigo. YO. Las visitas suspiran gozosas, se relajan, bromean con K. El sol se pone por detrás de La Gomera. Vuelvo a Santa Cruz. Siento una dicha extraña. No. No tengo miedo. Vigilo el espejo retrovisor. Por si acaso.