La era dorada de Trump

El gusto a la hora de decorar una casa habla de la personalidad del que quiere impresionar a sus visitas para que sepan con quien están tratando. Trump ha ordenado revestir marcos de cuadros y ornamentos que ahora lucen dorados en contraste con el blanco clásico predominante en la White House.

Verse rodeado de brillo es la extensión cromática de un egocéntrico borracho de poder y envía un mensaje indiscutible al mundo. Yo soy el rey de una nueva era dorada en mi país de oro y así queda plasmado en los objetos e imágenes que me representan.

Este rococó sobrecargado que apenas deja espacios libres para descansar la vista y la mente, cumple con la clara intención de abrumar al personal propio y a la infinidad de personas que se reunirán con el gran presidente del gran EEUU, un oportunista inmobiliario y cualificado intérprete del show-business en sus apariciones públicas.

El yo gigante en una escultura de oro a tamaño real ya aparecía en un vídeo junto a miles de dólares cayendo del cielo en el resort vacacional que su imaginación soñó para Gaza. Esta moda trumpista marca tendencia porque además de simbolizar seguridad, fortaleza y certidumbre, aspira a perpetuarse en el tiempo, una “enfermedad” contagiosa detectable en muchos líderes políticos de países democráticos, un modo de entender el orden interior y proyectarlo al exterior, la ola autoritaria que parece un calco de los años previos al inicio de la Segunda Guerra Mundial.

Trump es la respuesta a la frustración de las capas sociales precarizadas en las que cala la intolerancia, un vector transversal marcado por la desinformación que anula el pensamiento crítico. El relato modela la visión de una realidad que se configura como un producto comercializable que consume, odia y desea lo mismo que Trump. El fulgor áureo de un tiempo oscuro.