Los márgenes del paraíso
Si piensan que rozar la precariedad significa vivir en una auto caravana y salir uniformado todos los días para ir a trabajar en un hotel del sur, les recomiendo la crónica sobre la okupación del Grand Hotel Callao, que pueden leer en abierto en El País. Los periodistas lograron acceder al resort turístico cerrado desde la pandemia, y entrevistaron a personas hacinadas en una de las habitaciones. Sus respuestas dibujan un auténtico mapa de la marginación, inmigrantes sin papeles que cobran en negro cuando consiguen trabajos ocasionales, niños enseñados a no traspasar la frontera de seguridad establecida en la mitad del pasillo, familias desestructuradas que se mueven en los bordes del desamparo.
Cuentan que pagaron 3.000 euros a la mafia y cambiaron la cerradura del cuarto como garantía del derecho a adueñarse de ese espacio. Visitas diarias de la policía y de servicios sociales hacen recuento de la miseria en este enorme complejo que sigue a la espera de una orden de desalojo que no llega.
La piscina convertida en vertedero con gente defecando en toboganes, montones de tumbonas apiladas en recepción, un salón vandalizado en el aquelarre del saqueo, muestran una realidad oscura bajo el sol de Adeje.
La ausencia de mantenimiento agrava la falta de seguridad que ya provocó un incendio con el resultado de dos ingresados por quemaduras graves. Extrañas visitas nocturnas de jóvenes con coches tuneados, trapicheo y consumo de drogas que junto al alcohol son el binomio perfecto para el aumento de la violencia.
La situación parece sacada de una distopía de terror cuya ley principal radica en saber que no puedes confiar en nadie. La cara B de un destino lujoso con hoteles, restaurantes, parques acuáticos y centros comerciales, parece irónicamente descrita en un folleto pegado a un cristal del Grand Callao: “El paraíso existe. Un mundo de posibilidades”.