¡Un aglutinamiento de Izquierdas que acabará en Aquelarre!
Quien quiera que pusiera en práctica los términos «ultra» o «extrema» (ya sea de izquierda o derecha) para referirse a la política, es un perfecto majadero. Estas palabras, en boca de gente que solo escupe odio y desprecio hacia lo establecido, hacia lo español y hacia lo que está por venir, entran en el círculo del insulto más despectivo que se puede usar en política.
Esto sale a la palestra por la confusión que está ejerciendo el PSOE; no parece saber dónde se encuentra: si en la izquierda, en la extrema izquierda o en la ultraizquierda. Es toda una amalgama de posturas ideadas para escapar de la quema. Muchos de los mal llamados socialistas están ingresando en otras siglas, huyendo de las normas y de la ideología actual del partido.
Todo este nerviosismo actual busca elementos extraños que se aglutinan como «procesionarias». Pasan de ser los más furibundos extremistas del independentismo, separatistas, golpistas y comunistas, a ser los «quemados» del sanchismo o gente de Más Madrid, a quienes ya les gustaría saber de qué parte están y dónde militan.
Por eso arremete un diputado al que hasta ahora no han votado ni en su casa; un político despreciado por el catalanismo que exhibe, donde lo tildan de «charnego»: Gabriel Rufián. Él, como buen ojeador político, pretende agrupar a toda la izquierda favorable que no tenga estómago para admitir como líder a un tipo que ejerce de separatista catalán y traidor a lo español. Sin embargo, ahora que ve que el mercado se hunde, quiere abrazar el sentimiento y los derechos del obrero (da igual que sea español o marroquí).
Así, consiguió un quórum de siglas como IU, Sumar, Más Madrid, Comunes y Compromís, pero no asistieron todos los «zurdos». Quedaron fuera, al no sentirse representados por Rufián, formaciones como Podemos, ERC, BNG y EH Bildu. De todo esto nos queda el acertijo que planteó Yolanda Díaz quien, al no acudir a ninguno de los eventos organizados por los «izquierdosos» para su fusión, afirmó que «esto no va ni de siglas ni de personas».
Nos gustaría saber, entonces, de qué va: ¿de fantasmas, de mosqueos colectivos o de buscar nóminas? Se especula con que el problema es la figura de Rufián, que está en las antípodas de este Gobierno sanchista y de sus «orcos mariachis». A este antiespañol no lo tragan en ninguna sigla; incluso para la formación de Junqueras y muchos en ERC, Rufián juega a ser un traidor al partido mientras intenta ser la brújula de la izquierda.
En opinión de muchos analistas políticos —y de algunos que no se embarran contando mentiras en encuestas ridículas sobre estas utopías izquierdistas—, esta aglomeración de la mano de Rufián solo sirve para marear la perdiz. El resultado será el panorama anárquico que se otea para las próximas Elecciones Generales. A Sánchez no le importa perder en las autonómicas, él solo mira a las generales; mientras tanto, la izquierda le planta cara y quiere sustraerle sus votos, y el PP y VOX siguen a la greña. Si este invento «pega», será para cantar un bingo colectivo, pero lo difícil será que alguien se ponga de acuerdo.