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21:34h. miércoles, 20 de octubre de 2021

Carlos Tarife (PP), o el paradigma de la mala conciencia

Ayer el concejal de Urbanismo del Partido Popular en el Ayuntamiento de Santa Cruz se despachaba a gusto con un tweet en el que llamaba esperpento (alguien o algo feo, grotesco, ridículo) a las familias afectadas y a los activistas que luchamos por el derecho a una vivienda digna y que llevamos 92 días de acampada reivindicativa, y de paso presionaba a la Subdelegación del Gobierno para que nos eche de allí cuanto antes. La pregunta es obligada: ¿por qué este arrebato de aporofobia o desprecio al pobre?, ¿acaso no sabe el señor concejal que en su municipio se vienen dando 5 desahucios a la semana y en Canarias andamos por 7 desahucios al día en los últimos 2 años? Claro que lo sabe, porque no es un arrebato, todo está pensado y muy bien pensado. Es sencillo: nuestra reivindicación continuada por el derecho a la vivienda le rompe al señor concejal, a su partido, a su alcalde Bermúdez (CC) y a todos los que le siguen en la gobernanza canaria el cuento chachi de que todos somos felices. Porque no es solo un cuento chachi, es la piedra angular sobre la que se construye todo este edificio insoportable al que llamamos capitalismo.

Para que ustedes me entiendan mejor: ellos, los pudientes, los de arriba, prepararon algunos lemas que se ajustaban muy bien a su realidad dominante y los repitieron hasta la saciedad hasta convertirlos en dogma. A saber, el primero es el dogma de la libertad (1), el que nos dice que en democracia todos somos libres para elegir nuestro destino porque todos partimos desde el mismo lugar y contamos con las mismas herramientas y oportunidades.

El segundo dogma es el del esfuerzo y la recompensa (2), que viene a asegurar que en democracia si te esfuerzas y trabajas duro te verás recompensado. El tercer dogma viene del segundo y tiene que ver con la la propiedad privada (3), este dogma concluye que en democracia el Estado ha de proteger ante todo la propiedad privada puesto que es el resultado del trabajo duro de cada cual y es lo que da sentido a nuestras sociedades justas y libres. Y si juntamos estos tres primeros dogmas nos sale irremediablemente el cuarto, que tiene que ver con la culpabilidad (4) y apostilla que en democracia ni el Estado y la sociedad son responsables de la mala suerte o la desgracia de la gente, esto es, lo que le pase a cada cual es solo culpa suya porque no se esforzó lo suficiente.

El quinto y último dogma tiene que ver con la figura del Estado (5), y apunta a que en democracia, dado que todos somos libres para ganarnos lo que con nuestro trabajo consigamos, no es de recibo que el Estado venga a quitarte en forma de impuestos lo que duramente te has ganado para dárselo a los que no quieren trabajar.  Y así, según el cuento neoliberal, acabamos viviendo en el mejor de los mundos con el mejor de los sistemas posibles.

Y así hemos estado funcionando desde hace ya muchas décadas, y todo fue más o menos bien hasta que el cuento chachi empezó a darse de bruces con los hechos. Y la realidad es que hoy especialmente en sociedades tan desiguales como es la canaria, no tiene las mismas oportunidades un niño de una familia pobre de Ofra estudiando en un colegio público atestado de niños que crecerá mal alimentado -a razón del precio de la cesta de la compra- viviendo la tensión constante que supone crecer en una familia angustiada por la falta de recursos, que un niño de una familia pudiente de los chalets de los altos de Ifara educado en La Salle, en el Luther King o en la Misión Laica Francesa que crece bien alimentado, entrenado y recomendado por las relaciones e influencias de sus padres.

Aunque no nos guste la historia el cuento es así, y hoy sabemos que casi da igual lo mucho que un joven canario de familia humilde se esfuerce, salvo excepciones que confirman la regla ese joven nunca podrá saltar de la clase baja a la que pertenece hacía una clase superior, y a duras penas logrará alcanzar algún día la propiedad privada por excelencia de nuestras democracias, una vivienda en propiedad, algo que las familias pudientes garantizan para los suyos cada día con más facilidad gracias a la prevalencia de la especulación y el dominio del capital en nuestras sociedades cada vez más salvajes. Una vez roto el primer dogma capitalista de la libertad caen como un castillo de naipes el resto de dogmas, y el cuento chachi ya no se lo cree casi nadie.

El problema es que el sistema no se va a desdecir nunca, y lo que hace cuando la realidad lo desmonta es redoblar esfuerzos para reforzar el cuento, de ahí la necesidad de recurrir a cada poco a la aporofobia, que no es tanto el desprecio al pobre -aunque también lo es- cómo la culpabilidad del pobre. Por eso la campaña machacona de culpabilización de los ocupas cómo delincuentes y gente de mal vivir, la necesidad de pintar a los activistas como fanáticos radicales o la caricaturización o demonización de la gente de izquierdas como bolcheviques, chavistas, leninistas, bolivarianos, asesinos de curas, antiespañoles, amorales y otras lindezas. Ellos nunca van a admitir que el mundo que han construido es una auténtica basura de injusticias y desigualdad, porque sería tanto como admitir su fracaso absoluto.

Por eso aprovechan cuando la desgracia de un volcán sobrevenido arrasa con una isla para presentarse como los salvadores de la gente y lavarse así la cara. Y esto es algo que ya expliqué en mi anterior artículo pero viene al caso a propósito de la culpa: la gente de La Palma que perdió sus casas no tienen culpa, el resto de familias canarias que no tienen casa son culpables de su destino. 

¿Lo entienden mejor ahora? El señor Carlos Tarife y los de su clase necesitan que el cuento siga sonando creíble. Imaginan a nuestro concejal de Urbanismo paseando por la plaza de La Candelaria con su hijo, ese del que bien presume públicamente en su Twitter, teniendo que explicarle quiénes son las personas que viven en esas tiendas de campaña. Podemos imaginar lo que le dirá, y no solo para que el cuento siga siendo creíble, también para que no se abra paso la mala conciencia.

Y ahí es donde está el verdadero problema para esta gente pudiente y también su penitencia perpetua, y es que esta gente del Partido Popular, los caciques de Coalición Canaria y del Partido Socialista, los ricos de siempre y los nuevos ricos -véase a la señora Santana y compañía-, la mayoría antes de llegar ahí estudiaron un poco, y saben que la realidad es muy distinta al cuento que ellos cuentan, pues los canarios que sufren son ya demasiados y no hay forma de esconderlos.

Así, mejor no se engañen más, ustedes, los pudientes, saben que son los malos y viven con la mala conciencia siempre a cuestas. Ustedes, los pudientes, hace tiempo que empezaron a morir, pero aún no lo saben. 

 

Eloy Cuadraescritor y activista social.