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lunes, 24 de junio de 2024 03:51h.

Cuando el turismo no sirve para mejorar la vida de nuestra gente

Es un problema gravísimo, porque si el turismo no sirve para mejorar la vida de nuestra gente, entonces ¿para qué que lo queremos?”. Son palabras de José Miguel Rodríguez Fraga, el alcalde de Adeje en los últimos treinta y siete años, el primero que se ha atrevido a declarar su municipio “zona tensionada”, como también lo ha hecho Granadilla de Abona, ante el aumento considerable del precio del alquiler de vivienda residencial y los problemas que esto acarrea para conseguir trabajadores para la planta hotelera más lujosa de Canarias.

“Una media paliativa que no va a resolver el problema de la falta de vivienda, pero que permitirá un control de los precios de alquiler e incentivar que los propietarios pongan las viviendas en el mercado porque hay ventajas fiscales”, reconoce Fraga, que además apunta a medidas para liberar suelo para promociones públicas y privadas, con precios asequibles a la clase trabajadora, en contra de lo que opina el Gobierno de Canarias, que ve más factible para sacar viviendas al mercado la combinación del decreto ley de medidas urgentes y la futura ley de viviendas vacacionales que la declaración de zonas tensionadas.

Atrás quedaron los tiempos de las fabricas de conservas, de las tabacaleras y de la refinería. Sin industria, Canarias vive hoy casi exclusivamente del turismo, y ni con 15 millones de visitantes al año somos capaces de que nuestra gente salga de la cola española en pobreza y salarios. Quizás porque buena parte de ese dinero, al contrario de lo que ocurre en Cataluña o Baleares, no se queda en nuestras islas. Unas islas, además, cada día más poblada, con 20.000 habitantes más cada año y sin que en este siglo se hayan construidos viviendas públicas.

Adeje está considerado uno de los municipios más ricos de Canarias, con el menor índice de parados, pero sin embargo, pese a esa riqueza, la escasez de vivienda y elevado coste de estas, ya sea para comprar o alquilar, le supone una indiscutible traba para su crecimiento y desde ya para el bienestar de sus residentes venidos de todas partes del mundo.

Fraga señaló un año antes de la pandemia que “hay una necesidad de vivienda importante. Los alquileres se han disparado y algo tendrá que ver con el turismo vacacional. Se ha invertido un proceso que nos preocupaba en su momento, y es que grandes complejos de apartamentos se convertían en residenciales y deterioraban las zonas turísticas. Ahora es al revés, las áreas residenciales se están convirtiendo en turísticas.

El alquiler vacacional es un fenómeno que responde a las nuevas dinámicas y tendencias y ha venido para quedarse. Hay que regularlo, estableciendo unos criterios y unos parámetros”. Ahora, sin que se pusiera remedio a ello en esos años, el alcalde de Adeje ha apostado por buscar la fórmula de limitar el precio de los alquileres, como en 14 zonas de Cataluña, tras la aprobación en pleno de la declaración de “zona tensionada”, lo que unido a la ley de vivienda vacacional que impulsa el Gobierno de Canarias debería servir la aliviar la situación, pero nunca ponerle freno, cuando alquilar un pequeño apartamento, si es que consigue alguno, supone entre 800 y 1.200 euros, cuando los sueldos en restauración y hostelería, de media, no superan los 1.500 euros mensuales.

El problema habitacional es tan evidente que en esta última Semana Santa hemos visto anuncios desesperados de la patronal en busca de trabajadores para los colmatados complejos hoteleros o en la propia restauración. Hay trabajo, pero los trabajadores no lo aceptan porque no tienen donde quedarse. Ni siendo la guagua gratis les es rentable, entre otras razones porque muchos de esos trabajos son a turno partido y esto implica un serio inconveniente de movilidad, algo que ya ha denunciado Sindicalistas de Base. Muchos de esos demandantes de empleo son del área metropolitana y el norte de la isla, lo que dificulta aún más aceptar esa posible oferta laboral,  casi siempre en los escalones más bajo del sector, dada que sigue siendo deficitaria la capacitación de nuestros jóvenes en idiomas, por ejemplo.

Esa movilidad se trata de paliar con transporte propio de los hoteles, pero el problema sigue siendo, mientras se mantengan esos turnos de mañana y tarde, el habitacional. Ya no hay hoteles, como antaño, que dispongan de habitaciones para sus empleados.

Por todo ello me sigo acordando de aquella frase de Fraga hace seis años: “Si el turismo no sirve para mejorar la vida de nuestra gente ¿Para qué lo queremos?